Domingo de Guzmán

Domingo hombre de la Palabra

Predicador desde el amor

No es la simple reflexión sobre lo que serían sus deberes de sacerdote lo que condujo a Domingo a dar un giro a su vida. Es el impacto afectivo que le produce ver a hombres y mujeres descarriados.

Es el corazón de Domingo quien le lleva a su compromiso con las personas. Ese afecto le hace ser paciente con ellas, manifestar que le interesan en un diálogo largo y continuado. No es el catedrático que expone y defiende una tesis, para que triunfe la verdad, sin más. Domingo es predicador, va directamente al sto_domingo_shout_vidrierainterior de las personas, les predica porque sufre con ellas, sus preocupaciones son las suyas, hace suyo su dolor, su error, su pecado y quiere caminar con ellas para superar todo lo que haya de negativo.

A la espiritualidad de su Orden pertenece la expresión, que completa el lema general “veritas”, de “caritas veritatis”. La verdad querida, apasionadamente buscada, incluso con “studium”, con fervor. Sin embargo, la expresión “caritas” va más allá de lo que podríamos llamar apasionamiento por la verdad. La “caritas” hace alusión directa a las personas. Es la verdad de las personas y para las personas la que se busca y ofrece: sólo la persona puede ser objeto de la caridad.

Al predicador le toca comunicar la verdad. Pero antes ha de tener capacidad de recibirla. En la recepción de la verdad, los oídos han de estar abiertos para encontrarla. El la encuentra en la Sagrada Escritura; pero también en quienes halla en su camino, incluso en los cátaros. Una vez más la verdad está en las personas. La caridad hacia la verdad empieza por la cercanía cordial a los demás, para descubrir en ese trato cordial el valor absoluto del ser humano.

La transmisión de la verdad del predicador no es la del que se sube al púlpito y, desde su altura y distancia, pronuncia su sermón. Para predicar se necesita sintonizar con las personas. Esto es la “compasión” propia de la predicación de Domingo. Sin compasión no hay predicación evangélica.

Aprendamos también hoy de la grandeza de su predicación. Grandeza que se cifra en la aproximación cordial al mundo en que vivimos, al que predicamos; en el gozo de ver cómo las semillas del Verbo están extendidas por tantas culturas y sociedades y cómo sDominicos caminandoomos capaces de descubrirlas, para disfrutar del diálogo con hombres y mujeres de buena voluntad; en la conciencia de que todos necesitamos estar atentos a la escucha del soplo del Espíritu que sopla donde quiere. Grandeza que no se mide por las multitudes que la escuchan, ni por el número de las “conversiones”, sino por el diálogo paciente, por la disponibilidad para escuchar en el trato personal, para tender la mano ofreciendo ayuda o solicitándola. En definitiva, grandeza porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo, el liberador de la condición humana. Y siempre desde la sintonía, la compasión, el cariño hacia los hombres y mujeres a los que llega esa predicación. Algo que está al alcance de todos, porque todos tenemos algo que decir y mucho que aprender. ¡FELIZ DIA DE SANTO DOMINGO!