Un sueño de reencuentro, de diálogo, de justicia y de paz

El sustantivo sueño y el verbo soñar aparecen, al menos, 18 veces en Fratelli tutti. El Papa habla de sueños, como también allá por el año 1963 otro pastor, citado por el Papa en su encíclica, Martín Luther King dijo que tenía un sueño. Ni entonces con Luther King, ni ahora con Francisco el sueño tiene que ver con vanas ilusiones. Se trata de fuertes deseos, que alientan grandes esperanzas. Unas esperanzas que están bien fundamentadas y pueden convertirse en realidades si se cumplen ciertas condiciones.

Luther King soñaba con un futuro en el cual la gente de raza negra y blanca pudiesen coexistir armoniosamente y como iguales. “Ahora, decía, es el tiempo de elevarnos del oscuro y desolado valle de la segregación hacia el iluminado camino de la justicia racial”. Francisco concluye su carta con una oración al Creador en la que le suplica que nos inspire “un sueño de reencuentro, de diálogo, de justicia y de paz”. Este sueño es importante porque vivimos en un mundo de desencuentros, de monólogos, de injusticia y de guerra.

Es fundamental, dice Francisco, que ese anhelo de fraternidad lo soñemos juntos, porque “solos se corre el riesgo de tener espejismos”. Es muy difícil, añade, proyectar algo grande, si no se logra que esto se convierta en un sueño colectivo. Piénsese, por ejemplo, que las grandes obras de una comunidad (nacional, municipal y también religiosa) han tenido éxito cuando todos sus miembros estaban ilusionados en un proyecto común, porque era de todos, y cada uno lo asumía como propio.

Desgraciadamente ahora parece que los sueños de la humanidad no son de fraternidad: “el sueño de construir juntos la justicia y la paz parece una utopía de otras épocas. Vemos cómo impera la indiferencia cómoda, fría y globalizada, hija de una profunda desilusión que se esconde detrás del engaño de una ilusión: creer que podemos ser todopoderosos y olvidar que estamos todos juntos en la misma barca”. Y cuando en la misma barca cada uno rema hacia un lado distinto, la barca se hunde.

Alguno pensará que estos sueños del Papa son utópicos en el sentido negativo que a veces damos a la palabra: algo hermoso, pero imposible de conseguir. Pero en su sentido más noble la utopía no es lo irrealizable, sino lo que es posible conseguir siempre que se pongan las condiciones requeridas para ello. También las bienaventuranzas de Jesús parecen un sueño utópico. El “anhelo de un planeta que asegure tierra, techo y trabajo para todos”, para emplear palabras de Francisco, es el sueño al que nos invita el Evangelio.

Si soñamos cosas buenas a lo mejor las obtendremos. Si pensamos que son imposibles, nos quedaremos pasivos, con los brazos cruzados. Al respecto decía Miguel de Unamuno: cuando el hombre se cruza de brazos, Dios se echa a dormir. Pongámonos a la tarea, y en ella nos encontraremos a un Dios bien despierto que nos acompaña y nos estimula.

Martín Gelabert